Venezuela no es un tablero de poder
Una mirada crítica a la reciente intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, reafirmando que ni Trump ni Maduro pueden ser la salida, que la soberanía nacional debe respetarse, y que la imposición por la fuerza no soluciona los problemas del pueblo venezolano ni debe sentar un precedente peligroso para América Latina.
Maria Eugenia Hag
1/10/20262 min read
La crisis de Venezuela vuelve a situar a América Latina en una encrucijada histórica: ¿quién tiene derecho a decidir el destino de un pueblo? ¿Hasta dónde puede llegar la “justificación” de la fuerza? ¿Quién paga los costos cuando las potencias deciden intervenir?
La reciente intervención militar de Estados Unidos y la captura de Nicolás Maduro reavivan un debate que parecía aprendido pero nunca termina de cerrarse: Estados Unidos no puede ni debe asumir el poder sobre un país a través de la fuerza, ni proclamarse árbitro de lo que considera justo o democrático en territorio ajeno. La imposición desde afuera no es una solución para los venezolanos; es la prolongación de su dolor bajo otra forma de dominio.
Porque si hoy se legitima que una potencia decida unilateralmente irrumpir en la soberanía de un país en nombre de la “libertad”, mañana ese mismo argumento podrá usarse contra cualquier nación latinoamericana que no encaje en sus intereses estratégicos. Se abre una puerta peligrosa para el continente, una puerta donde América deja de ser un conjunto de pueblos con historia, identidad y derechos, para convertirse en un tablero donde otros juegan su propia partida.
Esto no significa defender autoritarismos ni negar las profundas crisis políticas, sociales y humanitarias que Venezuela viene atravesando hace años. Tampoco implica invisibilizar las denuncias, el sufrimiento real de su gente, las migraciones forzadas ni la ruptura social que golpea familias enteras. El dolor venezolano existe, pesa, duele y merece justicia.
Pero la justicia no puede construirse con invasiones, ni la democracia puede imponerse por bombardeo, captura o intervención militar. Ni Trump ni Maduro representan la salida que necesita Venezuela si las decisiones siguen basadas en la imposición del poder y no en el respeto a la dignidad humana, al derecho internacional y a los mecanismos legítimos que existen —aunque muchas veces incomoden y tarden— para resolver conflictos.
Latinoamérica tiene memoria. Ha conocido intervenciones, tutelajes y experimentos políticos impuestos desde afuera que prometieron “orden” y dejaron heridas que aún no cierran. Por eso, defender la soberanía venezolana no es defender un gobierno; es defender el derecho de un pueblo a decidir sin armas extranjeras condicionando su futuro.
Creo que la salida debe nacer del diálogo, del respeto al derecho internacional, de mediaciones multilaterales y procesos transparentes que garanticen justicia real. Porque Venezuela no necesita ser salvada por la fuerza; necesita ser acompañada con respeto.
Porque no es “Trump o Maduro”. Es Venezuela y su gente. Y eso debería alcanzarnos para entender de qué lado estar.